Un punto de quiebre hacia mi nueva vida

January 7, 2019

Tenía 25 años, aún vivía en Mar del Plata y ya convivía con Sebastián, en los últimos meses había surgido como tema el casamiento (llevábamos 8 años juntos, los últimos 3 de convivencia) y en esa oportunidad él había afirmado que no creía en el casamiento y que nunca se iba a casar. Yo no iba a renunciar a mi sueño de casarme, quería una gran celebración con la gente que quiero, pero tampoco tenía apuro por hacerlo así que lo dejé estar y supe que tendría tiempo suficiente para convencerlo. Además, estaba en un trabajo al que odiaba de una manera visceral, todos los días cuando entraba en la oficina sentía como si el aire se fuera drenando poco a poco de mi cuerpo y llegaba a mi casa casi sin poder respirar. Necesitaba aire, necesitaba viajar. Crecí junto al mar y siempre me llenó de energía, de sueños y de felicidad. De niña solía estar horas y horas barrenando olas, soñando que era una sirena y sintiendo como la sal acentuaba el sol en mi piel. Pero era el mes de julio y meterme en el agua helada en esa época era arriesgarme a salir hecha un témpano de hielo. Por eso decidí que necesitaba otro mar, uno más cristalino, uno que no conociera y después de llenarle la cabeza a mi novio, decidimos irnos 15 días a Cuba.

 

Era mi primera vez en el caribe e hiperventilaba cada vez que me imaginaba en ese mar  lleno de vida. Nuestra primera parada fue Cayo Coco, llegamos alrededor de las 5 de la tarde al hotel, el día estaba ventoso y en el cielo se dibujaban algunas nubes grises. Dejé las valijas en la habitación y lo primero que hice fue correr a la playa para ver el mar. Para mi decepción esa foto que tenía en mi cabeza se hizo pedazos en dos minutos, un mar que no era una pileta sino un sinfín de corderitos bailando sobre un lienzo verde apagado. No me desanimé y me fui a explorar el resto del hotel para luego descansar y comenzar al otro día renovada después del largo viaje.

 

Luego de un profundo descanso, nunca duermo tan bien como en las vacaciones, me desperté temprano sin despertador, una de mis cosas favoritas de los viajes, y salí a desayunar. Como es habitual cuando estoy de vacaciones, preparé un desayuno que de ninguna forma comería en mi casa, incluyendo frutas tropicales, waffles y huevos revueltos. Terminado el banquete matutino fui nuevamente a la playa, con olas o sin olas, con mar tranquilo o endemoniado, me iba a dar un merecido chapuzón. El cielo estaba despejado y el sol ardía desde temprano, a medida que me iba acercando a la playa empezaba a vislumbrar pedacitos de color aguamarina que resaltaban entre el tupido verde de la vegetación. Al poner los pies en la arena no daba crédito a lo que estaba viendo, esa foto que tantas veces había visto y había soñado con conocer estaba frente a mí y yo, por primera vez, estaba dentro de esa foto. Dejé mi ropa en una reposera y salí corriendo hacia el mar con una desesperación sólo comparable a cuando era chica y después de un viaje interminable en auto, sin aire acondicionado por supuesto, llegábamos a la playa en Mar del Plata y corría no sólo porque el calor era insoportable sino porque la arena de mi ciudad en pleno verano es casi como caminar arriba de brasas ardiendo. En el corazón no me entraba un poquito más de alegría, saltaba, me sumergía, hacía la vertical en el agua, volví a ser una niña tan alejada de los problemas de los adultos como era posible.

 

 

Una de las veces que me zambullí, llevé una máscara de snorkel y estuve más de 2 horas nadando con peces de colores y jugando nuevamente a que era una sirena cuando de repente lo vi, casi imperceptible, camuflado entre la arena blanca. Algo me llamó la atención, parecía ser una roca blanquecina con una forma de flor tallada a la perfección. Lo levanté, lo di vuelta tenía un pequeño agujero donde imaginé que solía vivir alguna criatura que ya no estaba ahí. Para mi haber hecho este hallazgo o haber encontrado un cofre del tesoro era prácticamente lo mismo. Lo saqué del mar, compartí mi secreto con Sebastián y lo guardé en la valija. Tiempo después descubrí que eran los restos de un erizo o pepino de mar. A esta altura del viaje ya no me acordaba que tenía un trabajo que me amargaba y que estaba conflictuada con mi carrera laboral, estaba totalmente conectada con el disfrute.

 

Pero este viaje tenía preparada una sorpresa más: una noche teníamos una reserva en un restaurante a la carta del hotel y Seba me insistía en que me arreglara y me “pusiera linda”. Nunca fue de hacerme este tipo de comentarios por lo que me pareció raro, pero estaba pasando un momento tan especial que lo dejé pasar. Cenamos los dos solos, en una atmósfera muy calma ya que el restaurante era estilo oriental. Al momento de elegir el postre, abrí la carta y encontré adentro un papel que simplemente decía “¿Te casarías conmigo?”. Me quedé helada, por un breve momento pensé que podía ser una cruel broma de Sebastián. Cuando empecé a salir de mi estupor, levanté la mirada y ahí estaba él con una sonrisa de oreja a oreja sosteniendo un anillo que había ido a comprar en secreto e ingeniosamente había guardado en la valija sin que lo viera. Creo que no tardé ni 3 segundos en decir que sí, aunque con la emoción que tenía la relación tiempo – espacio no estaba del todo clara. Lo que más me emocionó de la propuesta fue pensar cómo este hombre que tenía al lado pudo pedirme casamiento en uno de los momentos más complicados de mi vida, ( yo no me hubiese casado conmigo en ese momento). Definitivamente eso era y sigue siendo amor del bueno.

 

 

 

 Pasé el resto del viaje en un idilio, toda esa amargura que sentía los días previos, la falta de oxígeno, eran cosa del pasado. Volví con fecha de casamiento para el año siguiente y determinada a cambiar la página en lo laboral. Dos meses después no sólo había cambiado de trabajo, sino que estábamos viviendo en Buenos Aires y planeando un casamiento a distancia, algo que nunca me hubiese imaginado en mi vida, pero es una decisión de la que nunca me arrepentí.

 

Si bien extraño el mar, siempre está ahí para mi cuando decido visitarlo como un viejo amigo del que nunca me separé. Hoy mi tesoro descansa en un bowl de vidrio con agua junto a otros caracoles y piedras traídos de otros viajes. Cada vez que lo miro, me acuerdo de ese momento que viví en el que me sentía tan perdida y cómo un viaje en donde fui tan feliz fue sanador de tal forma que en muy poco tiempo las cosas fueron acomodándose y me condujeron a mi nueva vida.

 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Categoría / Category
​Sigueme / Follow me
  • instagram
  • FACEBOOK
  • TWITTER
Please reload

  • Blanca Facebook Icono
  • Blanco Icono de Instagram
  • Twitter Icono blanco
0