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Praga – Segunda Parte


Praga tiene tanto para dar que con un solo post me quedaba corta o lo hacía interminable. Si no leíste el anterior te resumo: este viaje lo hice con mis hermanos Mariana y Pepi, llegué a la ciudad con un virus gastrointestinal que viajó conmigo desde Argentina (regalo de despedida de mi hija Francesca) y la ciudad me flasheó por completo. Si querés ir al primer post hace click aquí.

En nuestro tercer día en Praga empezamos por visitar el viejo cementerio judío. Compramos un ticket de 15 Euros que nos daba acceso a: el viejo cementerio judío, las sinagogas Maiselova, Pinkasova, Klausová, Española y al hall de ceremonias. Empezamos por la sinagoga Pinkasova, el primer impacto no se hizo esperar. Las paredes eran un hormiguero de letras negras y rojas, eran millones. Los nombres de los judíos victimas de la segunda guerra mundial inundaban las paredes y oprimían la conciencia. Intentaba individualizar los nombres e imaginar sus caras, sus vidas, aquellas que fueron borradas de un plumazo para ser reivindicadas muchos años después entre esos muros. También se exhiben fotografías y objetos que pertenecieron a las víctimas.

Salimos de la sinagoga al viejo cementerio judío. Un mar de lápidas de piedras porosas que descansan sobre un manto verde esmeralda. Me extrañó que estuvieran tan cerca unas de otras, más tarde averigüé que la comunidad no permite destruir tumbas. Por eso, a medida que se quedaban sin espacio iban agregando nuevas capas de tierra para hacer las sepulturas. Me odié por no saber leer en hebreo. Yo tengo algo especial por los cementerios antiguos y algo que disfruto hacer es leer las lápidas (no me juzguen). En este caso me fui sin saber quiénes estaban enterrados allí y en qué fecha murieron, dato que a la gran mayoría le importa un soberano corno pero a mi sí.

Después del circuito de las sinagogas, partimos hacia el famoso y transitado puente Carlos. Más allá de sus estatuas y su historia, en mi recuerdo siempre va a estar una banda de hombres que iban de los 50 a los 70 años, tocando música que me transportó a los años ’20 donde me imaginaba bailando charleston. El día anterior habíamos estado por Mála Strana el barrio del Castillo de Praga, pero no habíamos pasado por Kampa Island. Bajamos directamente del puente a la isla buscando el refugio de los árboles ya que los 30° nos empezaban a pesar para la caminata.

Una de las primeras imágenes que nos topamos en Kampa fue la de los miminkas (bebes) del artista David Černý. Tres enormes bebes de bronce con regordetes traseros en posición de gateo, pero con una particularidad: en vez de caras tienen ranuras. Estas esculturas están al lado del Museo Kampa y es una de las tantas obras que se exhiben en espacios públicos de Praga de este controvertido artista. Si quieren saber la ubicación de las otras les recomiendo este post de Salta Conmigo. La isla de Kampa es un buen lugar donde hacer un picnic o relajar al aire libre. Entre árboles y el río se respira una tranquilidad que en los puntos más turísticos de Praga escasea.

Cruzamos por el puente Jiráskův para encontrarnos de frente con La Casa Danzante. Un edificio del arquitecto Frank Gehry que se inspiro en los bailarines Ginger Rogers y Fred Astaire para su construcción. La primera vez que lo vi fue cuando llegaba en bus desde Múnich y pensé que era un edificio que se había cansado de la intensidad de New York y había buscado refugio en Praga. Sus vecinos barrocos y neoclásicos lo miraban con desaprobación como el forastero que entra al bar en los westerns. Voces a favor y en contra, lo cierto es que llama la atención.

Caminando ya sin agenda, volviendo para la zona del hotel donde nos hospedamos vimos al final de la avenida Vécklavské un señor edificio con una cúpula de sombrero que invitaba a acercarse. Descubrimos que el edificio en cuestión era el Národní Museum (Museo Nacional) y al asomarnos al hall de entrada, no pudimos rehuir sus encantos. 260 Coronas Checas después (10 Euros) estábamos entrando en uno de los edificios más impactantes que había visto. Podía estar totalmente vacío que no importaba. Vestido con una gran escalera central alfombrada flanqueada por columnas de mármol, los vitraux en el techo, los frescos de las paredes, estatuas y luminarias que serían la envidia de nuestras abuelas. Me imaginaba a quien encargó la obra diciéndole al arquitecto: “Metele todo, pero cuando digo TODO es TODO”.

En este museo podés encontrar desde esqueletos de dinosaurios hasta motos y artículos de la época comunista. Algo que nos pareció muy divertido es que hay fotos de la época comunista en blanco y negro, te paras frente a un proyector que agrega tu imagen y después te la envías por e-mail de forma gratuita. Fue una de las grandes sorpresas del viaje, de esas que cuando dejas tiempo para explorar te encuentran.

Para cerrar el ultimo día no nos podíamos ir sin comer el famoso Trdelnik. Un helado que en vez de cono de barquillo, está hecho con masa de rosquilla. Además, antes de servir el helado lo rellenan con frutas o dulces. Yo rellené el cono con frutillas y Nutella (bien light). El veredicto: sabroso, empalagoso e interminable. Diría que es para compartir.

Praga es una ciudad a la que no le encontré el punto flaco. La arquitectura, la historia, la comida, la gente (bueno, a veces demasiada gente) hizo que nuestra estadía fuera onírica. Definitivamente es un lugar al que quiero volver.

¿Ustedes ya la conocen?

PD: uno de los Trdelnik más instagrameables que vi es el de Good Food Coffe & Bakery.

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