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Praga – Primera Parte


Antes de viajar a Praga había escuchado dos cosas. La primera, que la ciudad enamoraba a todo aquel viajero que la conocía. La segunda, que los praguenses eran muy fríos. Una de ellas estaba acertada.

Llegué a Praga casi deshidratada a causa de un virus gastrointestinal. Mi hija Francesca no había viajado conmigo en esa oportunidad, pero el virus que la atacó el día que viajaba se coló conmigo en el avión. En esta oportunidad mis compañeros de aventuras eran mi hermana Mariana y mi hermano Pepi, con quienes salimos a recorrer la ciudad ni bien hicimos el check in en el hotel. La primera parada fue en el restaurant Adele a pocos metros de Prašná Brána (Torre de la pólvora), mientras ellos se zambullían de lleno en un plato de salchichas yo apenas pude pasar una magra ensalada.

Terminado el almuerzo empezamos a recorrer la ciudad. Antes de viajar, el pronóstico anunciaba un máximo de 24° para nuestra estadía en Praga. Los meteorólogos no contaron con la ola de calor que haría que la temperatura no bajara nunca de los 30°. Salimos a caminar y sentía como el sol caía sobre mi cabeza como una pesa que me costaba sostener. La noche anterior no había podido dormir y me sentía sin energías. Miraba la ciudad sin verla, al llegar al río decidí que era hora de sincerarme y, sin importar cuánto me pareciera estar desperdiciando un día de viaje, me fui a dormir al hotel bajo la caricia del aire acondicionado.

Esa noche cenamos frente al reloj astronómico (Staroměstský orloj) en una mesa con vista privilegiada. Mientras esperábamos que el reloj cobrara vida y nos regalara el paseo de los apóstoles, noté varios grupos de personas disfrazadas. Pitufos, hadas, tutus de bailarina y algo en común: despedidas de solteros. Una mesa con unas 10 chicas con tiaras empezaron a gritar y a reír mientras la camarera se acercaba con un plato de salchichas dispuesto como un pene erecto. Este era un dato de la ciudad que ciertamente desconocía, ¿Es Praga un destino de despedidas de solteros en Europa?

La mañana siguiente con energías renovadas salimos junto con mis hermanos con rumbo a Pražský Hrad (Castillo de Praga). En el camino nos topamos con la estatua de Kafka y una remera en un local de souvenirs que tenía la imagen de una cucaracha en un diván que le decía a su psicoanalista “I dreamt I was Kafka” (Soñe que era Kafka). También nos cruzamos con el Café La Boca, con un escudo de Boca Juniors. A medida que nos íbamos adentrando en Malá Strana, el barrio del castillo, empezamos a ver parejas orientales de recién casados haciendo sus fotos de boda. De repente estaban por todos lados.

Compramos la entrada de 15 euros que nos permitía acceder al antiguo palacio real, la basílica de San Jorge, el callejón del oro, la catedral de San Vito y el Palacio Rosenberg. En el palacio real hay un balcón desde el que pudimos ver toda la ciudad de Praga. El callejón del oro nos hizo viajar a través del tiempo. Las casas fueron construidas para albergar a los guardias del castillo y luego fueron ocupadas por los orfebres, de ahí su nombre. Si son Kafka fans, busquen el edificio con el número 22, ahí vivió el escritor con su hermana por un año. Al finalizar el callejón se puede bajar a los calabozos para ver las celdas y cámaras de tortura.

Al ingresar a la catedral de San Vito el olor a incienso fue lo primero que sentí. El humo que había dejado hacía que los haces de luz que se filtraban a través de los vitraux le dieran al templo un aire místico y solemne. El encanto lo rompía el constante murmullo de la marea de turistas. Pensé en mis abuelos que recorrieron el mundo en las épocas que el turismo no se había masificado aún. Debieron padecer algunos contratiempos que la tecnología nos soluciona en el presente, pero también debieron disfrutar de espacios más solitarios y calmos.

Escapando de la marea de gente nos refugiamos en el café de la Národní Galerie Praha (Galería Nacional de Praga) para un almuerzo en silencio en el patio central de lo que solía ser un palacio ahora convertido en galería de arte. Ya repuestos caminamos por las callecitas de Mála Strana disfrutando sus pasajes, escaleras y construcciones. Fuimos hasta el santuario de Loreto uno de los centros religiosos y de peregrinación más importantes de Praga. Volvimos caminando por el Parque Lobkowicz, en este punto la temperatura no daba respiro y estar rodeados de verde nos ayudaba a bajar unos grados. Desde ahí, se arman ventanas naturales entre los árboles que ofrecen maravillosas vistas del Castillo de Praga y de la ciudad vieja.

Hay mucho más para ver y para hacer, Praga es inagotable. Les cuento más en el próximo post.

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