La odisea de llegar a Budapest

August 14, 2019

Organizamos un viaje de 10 días con mi hermana Mariana y hermano Pepi por Praga, Viena y Budapest. Era la primera vez que viajábamos los tres juntos, dejando hijos y cónyuges en Argentina, y el viaje venía superando nuestras expectativas. 

 

La última mañana en Viena nos levantamos temprano para tomar el tren a Budapest. Los tres odiamos estar a las corridas, así que llegamos con una hora y media de anticipación.

 

 

Faltando 30 minutos para la partida, consultamos en las pantallas la plataforma y nos dirigimos hacia la 10B. Subimos por la escalera mecánica y emergimos ante un tren que ya era viejo en la década del ´80. Mis hermanos debatían que ese no podía ser el tren, que seguramente estaba por partir y llegaría el nuestro, uno de esos trenes europeos con olor a nuevo y diseño aerodinámico que despiertan la envidia de nosotros los sudacas. Estrellé su ilusión, como una copa que cae al piso y estalla en millones de pedazos dejando nada más que polvo de cristal, cuando ví pegada en una de las ventanas un cartel que decía Budapest – Keleti: nuestro destino.

 

Subimos al anteúltimo vagón de segunda clase y nos acomodamos en cuatro asientos enfrentados. A nuestras espaldas escuchamos un revuelo en español que provenía de un grupo de 6 chilenos sexagenarios que estaban siendo desalojados por otros pasajeros que les reclamaban los asientos. A los pocos minutos, una pareja joven nos reclamaría los nuestros. Al consultar el pasaje vimos que no teníamos número de asiento. No sabíamos a dónde teníamos que ir. Una mujer india nos vio perdidos y se acercó a preguntarnos si necesitábamos ayuda. Le explicamos que nuestros boletos no tenían asientos y nos indicó que debíamos ir al último vagón. Me recomendó que fuera primero, antes de mover las valijas, confirmara que había lugar y luego volviera por mis hermanos.

 

 

Le hice caso, fui al último vagón que tenía camarotes con capacidad para 6 pasajeros cada uno. Los asientos eran de una felpa marrón gastada, los portaequipajes de melamina color naranja chillón; faltaban Olmedo y Porcel y me sentía en una película berreta de los ´70. Les avisé a mis hermanos que ahí, en el universo de los asientos no reservados, iríamos a parar nosotros, los parias que omitimos este paso al sacar el pasaje.

  

Elegimos un camarote vacío y cerramos la puerta para evitar a toda costa compartirlo. La temperatura afuera era de 30° grados y adentro de 35°. Cada vez que asomaban otros viajeros cruzábamos los dedos para que siguieran de largo. Finalmente el tren se puso en marcha y partimos hacia la última escala en nuestro viaje.

 

 

Bajamos la temperatura del compartimento al mínimo pero la ventilación apenas tiraba un soplo de aire fresco. Estábamos en silencio, cada uno leyendo un libro, tratando de no hablar ni movernos para no levantar más temperatura. Después de los primeros 40 minutos de viaje, el aire era tan denso que era como respirar a través de gelatina. Decidimos abrir la puerta del camarote para que se ventilara. Mientras tanto, por la ventana veíamos pasar las distintas estaciones: modernas y con detalles de vidrio y aluminio en Austria; antiguas, de madera y descascaradas en Hungría.

 

Al llegar a la primera hora de viaje, vimos con espanto como una pareja frenaba justo en nuestra puerta dispuesta a entrar. Lo primero que nos golpeó fue un aroma a cebolla agria que nos revolvió el estómago. Entre los dos deberían pesar unos 300 kilos, ella vestida de negro de pies a cabeza y él con un minishort negro, remera al tono y medias blancas hasta las rodillas. Charles, tal era su nombre, empezó a subir el equipaje de ambos y sus movimientos agitaban con furia mis fosas nasales mientras me esforzaba por aprender a vivir sin oxígeno. 

 

Pepi interrumpió su lectura, abrió grandes sus ojos verdes, tres líneas horizontales surcaron su frente y su mirada me transmitió un contundente: “¡Cagamos!”. Mariana se puso a rebuscar en su mochila y sacó un perfume roll on de Victoria’s Secret que pasó sin ningún tipo de pudor por su nariz y cuello. Le tendí una mano con mirada suplicante de mendigo muerto de hambre y repetí sus movimientos sumando los dedos de mi mano izquierda. No sentí vergüenza al colocarla de forma evidente delante de mi nariz a modo de barrera contra la peste.

 

A la media hora, el aroma persistía y luchaba sin tregua contra el perfume que habíamos esparcido. La temperatura del compartimento había subido unos 5° grados y Charles nos ofreció un concierto de ronquidos sonoros que semejaban a un leñador tirando abajo un árbol con su motosierra. Ya no sabía si reírme o llorar.

 

Levanté la vista hacia mi hermana y la vi con la cara pegada al vidrio de la ventana.

—Me quiero bajar ya —me susurró con la cara desencajada.

Previendo un inminente panic attack, le sugerí que fuera al baño a refrescarse y mojarse la nuca. Para salir tuvo que despertar a Charles quien, para nuestro placer auditivo, dejó de roncar.  Al volver estaba más recompuesta y cualquier sombra de ataque de ansiedad se había desvanecido.

 

Empezamos a hacer bromas, amparados en la diferencia idiomática, sobre como nuestra madre podría preparar su tradicional peceto con cebolla a la cacerola pasando la carne por el sobaco de aquel señor regordete. Si bien crueles, las lágrimas surgidas de nuestras carcajadas nos ayudaron a superar el resto del viaje.

 

Cuando Charles y señora abandonaron el compartimento, unos 10 minutos antes de llegar a la estación mi hermano sugirió, tarde, que deberíamos haber puesto un cartel diciendo: “We’re sick, seat at your own risk” (Estamos enfermos, siéntese bajo su propio riesgo). En ese punto ya me dolía la panza de hambre y de risa.  

 

Al bajar en la estación Budapest – Keleti estábamos transpirados y ahogados de calor, era el mediodía y el sol se derramaba sobre nuestra cabeza como una sopa hirviendo. Por primera vez en todo el viaje, decidimos tomarnos un taxi hasta el hotel. El taxista, que nos leyó la desesperación en la cara, nos dijo que la tarifa era de 25 euros. A pesar de sabernos estafados –el viaje no alcanzaba los 10 euros– nos entregamos al conductor mientras por la ventanilla aparecían las primeras imágenes de Budapest.

 

 

Una vez en el lobby del hotel, un oasis de aire acondicionado que nos devolvió la energía, hicimos el check in y dejamos las valijas. Salimos a caminar y en pocas cuadras llegamos a orillas del Danubio. Parados al lado del parlamento, mirando hacia el bastión de los pescadores y el castillo de Buda entendimos que todo lo anterior había valido la pena.

 

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