José Ignacio, un pueblo que no perdió su esencia

January 14, 2019

Nos vimos por primera vez allá por el año 2010, estaba embarazada de 6 meses esperando a Francesca y quería alejarme lo menos posible de Buenos Aires. Cuando Sebastián me propuso irnos a Punta del Este dudé, no estaba en mi lista de destinos por conocer en lo absoluto. Finalmente me convenció y nos fuimos por una semana, uno de esos días, decidimos conocer el famoso faro de José Ignacio. Al llegar, el flechazo fue inmediato, un pueblo chico frente al mar que, a pesar de recibir miles de turistas todos los años y de albergar restaurantes y tiendas de la más alta categoría, no cambió su esencia. Hace varios años ya elegimos sus playas para pasar parte de nuestras vacaciones de verano y cada vez nos sentimos más parte de él.

 

 

 

Por la mañana, caminamos hasta la brava de José Ignacio aprovechando que no sopla el viento, disfrutamos del mar con grandes olas, Fran y Nello se deslizan por las dunas con la tabla de sandboard y hacemos caminatas para admirar el faro. Al llegar el mediodía, escapamos del sol incandescente buscando refugio en la casa donde disfrutamos de un almuerzo liviano y algún chapuzón ocasional en la piscina. Más entrada la tarde, volvemos a la playa, esta vez a la mansa, amparados del viento que comienza a levantarse después del mediodía y con el mar que se asemeja a una calma laguna, para ser testigos de atardeceres que despiertan los aplausos de quienes los contemplan.

 

 

 

 

 Además de esta rutina playera que nos funciona a la perfección, la combinamos con salidas a comer a lugares como Popei (un clásico y favorito de los chicos), Il Faro, La Huella, La Susana, entre otros restaurantes (toda la gastronomía de José Ignacio merece todo un post aparte que ya está en proceso).

En el pueblo nos encanta pasear por las casas de deco como Sentido (ubicada al lado de La Huella) o La Esteña que tienen muebles y objetos decorativos divinos, también hay varios ateliers de artistas locales e internacionales, cafecitos muy pintorescos y los mejores churros para acompañar unos buenos mates en Pepe Nacho.

 

 

 

Cuando queremos escapar un poco de la playa o el clima no acompaña, nos gusta visitar el pueblo de Garzón, a 30 km. de José Ignacio. A pesar de tener muy pocas cuadras y de estar detenido en el tiempo, fue el lugar elegido por Francis Mallmann para abrir su restaurant que lleva el mismo nombre del pueblo. También hemos visitado la Bodega Garzón, que en el 2018 fue galardonada como la Mejor Bodega del Nuevo Mundo por Wine Enthusiast, y al asomarse a la terraza vidriada del restaurant y contemplar los viñedos nos transportamos por un rato a la bella Toscana. Esta no es la única bodega de la zona que se está convirtiendo en una importante región vitivinícola, la Bodega Oceánica de José Ignacio aún está en mi lista de pendientes, no va a faltar oportunidad para visitarla.

 

 

 

Otro imperdible es la Laguna Garzón y su puente circular diseñado por el arquitecto uruguayo Rafael Viñoly, cuando vine por primera vez en el 2010 la laguna se cruzaba en balsa, los tiempos cambian…

 

Más allá  de todo lo que hay para hacer, una de las cosas que más me gusta de José Ignacio es esa mezcla de naturaleza virgen con gastronomía de gran metrópoli, la calidez de su gente y, un ritmo de vida muy distinto al de la ciudad de la furia, como rezan los carteles que están por todo el pueblo: “Aquí sólo corre el viento…”

 

 

  

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