Garzón, el elegido de Francis Mallmann

February 9, 2019

 

Esa mañana me desvelé y amanecí a las 5:30, escuché el canto de los pájaros y supe que si me volvía a dormir amanecería cerca del mediodía. Subí las escaleras para ver amanecer en el mar desde la terraza, en el cielo se dibujaban algunas nubes que no me permitieron ver el sol pero que comenzaron a teñirse de vívidos colores. Para las 9 a.m. ya había hecho gran parte del trabajo que tenía pendiente, entonces decidí partir sola hacia el pueblo de Garzón ubicado a 35 km de José Ignacio.

 

Antes de llegar a destino, cuando la ruta se transforma en un camino de tierra, me sorprendió una gran ave negra al costado del camino. Al acercarme y frenar, con toda la intención de fotografiarla, emprendió vuelo pero por unos instantes pude ver claramente su cabeza roja y su plumaje negro, era un buitre que estaba alimentándose de una serpiente que yacía aplastada por algún vehículo que había pasado por la zona horas antes.

 

Retomé la marcha y a los pocos kilómetros apareció una nueva sorpresa, una escultura de hierros retorcidos de unos 10 metros de altura del artista Piero Atchugarry, a mi vuelta investigué y ese parque de esculturas a cielo abierto y reserva ecológica rodean la galería que lleva el nombre del artista pero donde se pueden ver obras de otros artistas que por allí pasaron.

 

 

Seguí camino hasta mi destino final y a las 10 de la mañana ya estaba cruzando la entrada del pueblo. No era mi primera vez, ya había ido anteriormente para almorzar en el Restaurant Garzón del chef argentino Francis Mallmann donde Sebastián afirma haber comido la mejor milanesa que probó en su vida, un medallón de lomo grueso apanado con huevo Mollet, papas pay y ensalada de endivias y rúcula. Yo me incliné por el ojo de bife con chimichurri (oh! dulce debilidad) con el sabor ahumado que le da la leña como a mí me gusta. Uno de los lugares que más me gustó es el patio, con sillones de madera verde esmeralda ubicados en torno a los fuegos que al chef le apasionan, vegetación tupida, una piscina pequeña y una barra para tomar un aperitivo mientras esperábamos la mesa.

 

 

 

Volviendo a esta visita, al llegar a la plaza estacioné y cuando bajé del auto no parecía haber otra señal de vida que el ensordecedor sonido de las cotorras que volaban de un árbol a otro. Los turistas aún no habían llegado, sólo un empleado del Hotel y Restaurant Garzón se asomó para avivar el fuego del horno de barro y una mujer estaba trabajando en las plantas de la plaza que está muy bien cuidada. Empecé a caminar, a tomar fotos, me paré frente a la iglesia con curiosidad, a pesar de mi MUY religioso nombre, yo no profeso ninguna. Me asomé a la puerta abierta y cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrí una iglesia muy austera, con piso blanco y negro en damero, bancos y un sencillo altar de madera y paredes color ocre descascaradas, por último percibí el característico aroma de los templos cristianos y un silencio espiritual que me envolvió.

 

 

Seguí mi recorrido hasta encontrarme con el Club Social y Recreativo de Garzón, un edificio simple donde imagino que las pocas almas que viven permanentemente en el pueblo se juntan a jugar a las cartas y compartir momentos entre amigos. También hay varias galerías de arte, lo que me sorprende para un pueblo que no tiene más de 200 habitantes pero que es un claro indicio del tipo de turismo que lo frecuentan. Seguí unos pasos y en una esquina encontré un café abierto con un cartel en su puerta que reza “Good coffee, made with love”, la invitación perfecta para entrar.

 

 

Como los viejos almacenes de pueblo, Campo Canteen tiene un mostrador verde agua con la pintura desgastada, paredes lavanda claro y muebles que seguramente fueron adquiridos en remates y que ostentan sus propios precios de venta, ya que allí todo se puede comprar. Una barista de unos veinti pocos me toma el pedido: un café con leche con tostadas y mermelada. En una mesa de atrás 3 norteamericanas conversaban alegremente y ella se acerca con el pedido mientras les dice: “Here´s a funny anecdote” (Les tengo una anécdota graciosa) y les refiere algo acerca de un perro que no alcanzo a escuchar en su totalidad pero a ellas las hace estallar en una carcajada.

 

 

 

Cuando me trajo mi desayuno, sencillo pero presentado de forma deliciosa, me dediqué a untar las tostadas que crujían tan fuerte en mi boca que por momentos me impedían escuchar la música de fondo (sonaba My Blue Heaven del álbum Le Quecumbar International Gyspy Swing Guitar Festival) y la mermelada casera de frutos rojos me transportó por un instante a mi niñez cuando iba con papá a juntar moras al grosellar en Mar del Plata, quienes crecieron ahí sabrán de qué hablo, luego volver a casa con una canasta que rebasaba de este magnífico fruto hacer tarta y mermelada de moras con mamá.

 

Terminado el desayuno, seguí recorriendo las pocas calles desiertas y pensé como este camino de la escritura que hace poco emprendí me despertó los 5 sentidos, sentidos que estaban dormidos cuando al sentarme sola en un café lo primero que hacía era usar el celular de compañía sin percatarme de todo lo maravilloso que me rodeaba. Así pues, me despedí de Garzón con su cartel que me desea un buen retorno, y fue un hasta pronto porque seguro volveré a este pueblo que en apariencia no tiene nada pero lo tiene todo.

 

 

 

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