Cataratas del Iguazú, naturaleza viva

March 26, 2019

 

El 2018 no fue uno de nuestros años más viajeros ya que nos embarcamos en otros proyectos familiares, pero si fue un año de concretar pendientes de hacía larga data y Cataratas del Iguazú fue uno de ellos.

 

 

 

 

Elegimos ir en junio, una fecha poco usual debido al clima más fresco, pero a nosotros nos cuadró bien en nuestro calendario de vacaciones. Como beneficios de esta elección les puedo decir que es temporada baja por lo que recorrer las pasarelas desiertas es un placer, en mi opinión un entorno tan natural como este se disfruta más con la menor cantidad de humanos posible. Por otro lado, los recorridos a pie son extensos y con un calor agobiante se hacen más pesados y, si van con niños pequeños como es mi caso, más aún. La contra obvia: las actividades acuáticas quedan prácticamente descartadas. 

 

Podría decir que empezamos el viaje con el pie izquierdo, porque perdimos el vuelo. Vivimos a sólo 10 minutos en auto de aeroparque y salimos con toda la anticipación necesaria pero al llegar a la autopista Lugones nos encontramos con un piquete sorpresivo (eran las 6.45 de la mañana) del sindicato de camioneros que nos dejó una hora atascados en el mismo lugar. Para cuando pudimos salir y rodearlo, ya había cerrado el embarque del vuelo y nos quedamos abajo. Después de negociar con LAN por teléfono y en mostrador, se apiadaron de nuestras almas viajeras y por una penalidad mínima nos subieron al próximo vuelo que salía al mediodía.

 

Al llegar al aeropuerto nos estaba esperando Erik, un remisero que me había recomendado otra viajera, con el mate listo para llevarnos hasta el hotel. Fue salir a la ruta y poder apreciar toda la selva misionera en su esplendor, a ambos lados veíamos el verde intenso de la vegetación, tierra colorada y carteles pidiendo respetar la velocidad máxima para preservar la fauna del lugar.

 

Hicimos el check-in en el Loi Suites Iguazú y los chicos se sorprendieron por los simpáticos puentes colgantes que llevan de la recepción a las habitaciones. Dejamos las valijas y bajamos al pool bar para almorzar (casi tomar el té ya que eran más de las 3 de la tarde), con la selva rodeando la pileta del hotel, música suave y el canto de los pájaros que nos daba la bienvenida recordándonos que ya no estábamos más en la jungla de cemento.

 

Durante el vuelo, habíamos visto en la revista del avión una nota con las diferentes especies de mariposas que se encontraban a lo largo de América Latina. La que llamó mi atención fue la “Mariposa 88”, especie que se ganó su nombre por el diseño en blanco y negro de sus alas que dibujan dicho número. Como un guiño de la naturaleza, una de ellas se posó sobre una silla vacía a nuestro lado. Nos quedamos todos asombrados de lo perfecto del dibujo y pudimos sacarle algunas fotos antes de que emprendiera vuelo. En lo que quedaba del día decidimos visitar el freeshop, dado que faltaba una hora para que cayera el sol y las otras dos jornadas que restaban queríamos aprovecharlas para estar al aire libre.

 

 

A la mañana siguiente amanecimos temprano, habíamos acordado con Erik que nos pasara a buscar por el hotel para visitar el lado brasilero, nos habían hecho esta recomendación ya que la vista del lado argentino es más imponente (no se ofendan amigos de Brasil ya que su lado nos pareció más organizado que el nuestro). Una vez en la boletería, pagamos el acceso al parque (unos USD 33 los 4) y contratamos la excursión de Macuco Safari que incluye un safari por la selva en transporte, luego unos 600 metros a pie hasta llegar a los botes para el paseo por el río.

 

 

Cuando bajamos del bus que nos llevó hasta el inicio del recorrido lo primero que percibimos fue el sonido de las toneladas de agua que caen en un loop infinito como el ruido entre la sintonía de radios y una decena de coatíes ávidos de comida. Caminamos por las pasarelas parando de tanto para sacar fotos y sentirnos hormigas ante tanta inmensidad. Finalizando el recorrido, buscamos una mesa en el restaurante Puerto Canoas, donde almorzamos con música en vivo y una vista privilegiada de esta maravilla natural.

 

 

Nos encaminamos hacia el safari que habíamos contratado para realizar la travesía en bote. Existen dos opciones: paseo seco o paseo mojado. Nosotros elegimos la primera debido a que ese día la temperatura no superó los 15 grados. Fue muy divertido y emocionante, vimos las caídas de agua de cerca y por momentos, cuando la embarcación iba por un rápido, parecía que estábamos en una montaña rusa. Dato importante: si bien en la página dice que la excursión en el agua es para mayores de 12 años, a nosotros nos permitieron subir con Fran de 8 y Nello de 5; no fue para nada peligroso pero en el lado argentino no se permiten niños menores de esa edad ya que el paseo es más arriesgado. Saliendo de Foz visitamos el Parque das Aves, un refugio natural para especímenes rescatados donde pudimos ver de cerca guacamayos, flamencos, tucanes, entre otros a los que se suman un reptilario y un mariposario.

 

 

El segundo día, nos dirigimos al Parque Nacional Iguazú. Acá íbamos a caminar largos trayectos por la selva, los senderos naturales rodeados de vegetación verde esmeralda se disfrutan tanto como las cataratas en sí. El trencito es otra buena opción para moverse dentro del parque de un sendero a otro y los más chicos lo disfrutan a full. La brisa húmeda que pega en la cara y los colores del arco iris siempre presente en las caídas, hacen de éste un lugar feliz. Pudimos ver muchas especies de aves, reptiles, insectos y hasta peces enormes que se veían desde las pasarelas.  Los mamíferos se escondieron de nosotros a excepción de los coatíes que invaden el parque mendigando y hasta robando comida.

 

El día de la partida, nos quedaban unas horas libres ya que el vuelo salía de tarde, entonces visitamos el refugio Güira Oga en el lado argentino. Es un recorrido de 1 hora aproximadamente donde un guía nos fue contando de dónde provenía cada uno de los animales rescatados, si eran aptos para ser reinsertados en su hábitat y cuántas crías habían tenido que volvieron a la naturaleza. Para nuestra sorpresa, el guía comentó que los coatíes están en peligro de extinción. La mirada de todos los miembros del grupo fue incrédula ya que, como expliqué antes, se encuentran por todas partes del parque. Pero el dato que nos entristeció es que esos coatíes que vemos, ya no saben vivir de la naturaleza, han perdido sus habilidades e instintos de caza para ser una especie de “mascotas” que viven en un parque nacional. Eso nos dejó pensando en el impacto que puede tener nuestro paso por zonas naturales y como siempre hay que practicar el turismo sustentable.

 

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