Viena Imperial

October 24, 2019

  

Si Viena fuera una persona, yo diría que es una señora paqueta de Recoleta*. Todas las mañanas se viste a conciencia frente al espejo, se maquilla, se peina y se calza su collar de perlas para comenzar impoluta su día. La simpatía no es parte de su atuendo, pero que bien se ve.

 

Recién llegados con mi hermano Pepi y mi hermana Mariana a la estación central de Viena dos realidades no nos pasaron desapercibidas: la ciudad era un ejemplo de pulcritud pero sus habitantes eran un tanto antipáticos. Estábamos sacando el boleto de ticket para el subterráneo cuando llega el tren. No habremos tardado ni 3 minutos, cuando un Vienés con cara de impaciente nos grita: I hope you catch it, because you made me miss it! (Espero que lo alcancen, porque a mi me hicieron perderlo). Mariana estaba indignada, ella con su prontuario de insultadora serial se subió al tren con un ingenioso improperio atragantado. Igual el vienés caracúlico no la iba a entender.

 

Ni bien hicimos el check in en el hotel la misión era almorzar (o más bien merendar, ya eran las 4 de la tarde). Nos cruzamos casi de casualidad con Figlmüller, el restaurant más famoso de schnitzel de Viena. Devoramos 3 platos de schnitzel de cerdo con papas fritas sentados en una mesa de madera verde en el subsuelo del local. El techo abovedado y las paredes de ladrillo a la vista le conferían al lugar un ambiente a fonda de otro siglo.

 

Con el estómago contento, nos dirigimos hacia Stephansplatz. Un hormiguero de turistas, como nosotros, circulaba incansable. Entramos en la catedral St. Stephan y nos sorprendió un cielo de piedras. “Sky of stones” era el nombre de la intervención del artista Peter Baldinger. Un total de 1.332 piedras de cartón suspendidas del techo cambiaban de color en distintos momentos de la misa. La elección del tema no fue azarosa, ya que San Esteban, patrono de la catedral murió apedreado. Esta obra le daba al lugar un aspecto de bosque encantado que podría haber salido de un cuento de los hermanos Grimm.

 

 

Al lado de la catedral había un carrusel y una feria de artesanías. Cuando empezamos a recorrerla, frenamos en un stand de piedras semi preciosas y vemos que había de Argentina, Chile y otros países sudamericanos. Mariana, ve una piedra verde:

  — Esto es todo mentira, esta piedra no es de Argentina. — dice en voz alta.

  — Si, fíjate que está al lado de la Rodocrosita que es nuestra piedra nacional. — Le respondo.

  — ¿De dónde son? — Nos pregunta el vendedor en un perfecto español.

  — De Argentina, ¿y vos? — le contesté.

  — De Córdoba. — me respondió.

 

Con Pepi estallamos de risa, mientras a Mariana la cara le iba cambiando de colores. Amparada en la diferencia idiomática que creía existía entre el vendedor y ella, lo había acusado de mentiroso sólo porque ella no conocía esa piedra. Friendly reminder: los argentinos estamos por todas partes, nunca hay que fiarse.

 

 

Al día siguiente decidimos visitar Schönbunn. El palacio donde creció Maria Antonieta y donde Mozart dio su primer concierto. El lugar no tiene desperdicio, los jardines llenos de fuentes, flores y árboles centenarios son ideales para pasar un día al aire libre. Tienen unos laberintos muy divertidos, en los cuales nos perdimos y casi nos quedamos a vivir ahí. El interior del palacio es una auténtica obra de arte, cada habitación es distinta de la anterior. Mi favorita fue el salón azul chino, que tenía sus paredes revestidas con papel de arroz pintado a mano. El ticket para el Grand Tour y los jardines nos costó 26 euros y valió cada centavo.  Después almorzamos en el Naschtmarkt, mercado de comidas y artesanías de Viena. Los colores y aromas despiertan todos los sentidos e invitan a probar las distintas delicias que ofrecen.
 

 

Nuestro último día en Viena lo empezamos en Hundertwasserhaus un complejo de coloridas viviendas que me hacía pensar que estaba dentro de un cuadro de Dalí. Nos sentamos a desayunar en el café Terrassencafe im Hundertwasserhaus, donde finalmente probé la torta Sacher tan tradicional del lugar. Se merece toda su fama y más.

 

Seguimos recorrido hacia el Palacio Belvedere pero tuvimos que desviar la ruta cuando a lo lejos divisamos una iglesia ortodoxa rusa que nos encantó. Cuando llegamos a la puerta justo estaba terminando el servicio y vimos salir a las mujeres con los pañuelos en la cabeza como si fuera una escena de los años ’40.

Llegamos a los jardines de Belevedere a través del Jardín Botánico. El acceso a los jardines es gratuito, la entrada al palacio principal sale desde 16 euros. Nosotros optamos por recorrerlo por fuera ya que nos esperaba otro destino: la Biblioteca Nacional de Austria.

 

Podría llamarla así o simplemente el lugar más mágico que conocí en mi vida. Mientras estaba ahí, pensaba que si me encontrara al genio de la lámpara le pediría 3 deseos:

  1. Poder leer en cualquier idioma.

  2. Que me dejen un día entero con acceso irrestricto en esa biblioteca.

  3. Que ese día durase 1.000 horas.

La entrada vale 8 euros, pero yo hubiese pagado 100. Si son fanáticos de los libros como yo, no se pierdan este lugar que está pegado al palacio de Hofburg.

 

 

Viena con niños

 

En esta oportunidad fui sin Fran y Nello pero igual mi ojo de madre vió varias cosas que me hubiera gustado hacer con ellos:

 

  

*Mujer elegante de clase alta de uno de los barrios más aristocráticos de Buenos Aires.

 

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