Paris, recorriendo la tierra de Ratatouille

February 28, 2019

Fue la última escala de nuestro primer viaje a Europa con Francesca y Nello. Ellos ya la conocían a través de películas infantiles como Ratatouille, Un monstruo en París y Bailarina y todos, en particular Fran, teníamos grandes expectativas. Nuestro arribo fue en tren desde Londres y la ciudad no nos recibió como esperábamos: el transporte que teníamos contratado nunca apareció y cuando finalmente llegamos al hotel la habitación con vista al Sena que habíamos reservado no estaba disponible. Aún así, una vez solucionado el tema del alojamiento salimos a caminar muy entusiasmados. La presentación no había sido buena pero estábamos dispuestos a hacer borrón y cuenta nueva. Lo que consideramos nuestro primer encuentro cara a cara fue en los Jardines de Luxemburgo, recuerdo la expresión de Franchu, extasiada, con los ojos bien abiertos, absorbiéndolo todo. Un grupo de niños jugando con botes eléctricos en la fuente, parejas de enamorados, más familias, turistas pero también locales, era domingo. Seguimos caminando y en una glorieta rodeada de árboles la orquesta tocaba la melodía de apertura de Game of Thrones. ¿París siempre es así o nos estaba pidiendo disculpas por la brusca bienvenida?

 

 

 Al día siguiente visitamos el Louvre, había una cola de ingreso bastante extensa pero gracias a la bendita prioridad para gente con niños ingresamos enseguida (este es uno de los beneficios de viajar con infantes). Una de mis reglas cuando voy a museos con mis hijos es no excederme de 1.30 horas en el recorrido, ya que es imposible que mantengan su atención, y me animaría a decir la cordura, por más de ese tiempo. Teníamos entonces dos objetivos claros: la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci (of course) y las momias egipcias. Francesca cursaba primer grado y había hecho un proyecto escolar sobre el antiguo Egipto, tema que la tenía muy interesada. Ya nos habían anticipado que esta pintura era la más concurrida y que, además, era bastante pequeña pero la realidad fue más decepcionante. Una marea de cabezas, principalmente asiáticos, munidos de todo tipo de cámaras y celulares nos hicieron desistir de quedarnos a contemplarla. En cambio, y sin saber demasiado de arte, jugamos con los chicos a elegir nuestro cuadro favorito y cada uno explicaba por qué. Este juego nos sirve para que ellos (y también nosotros) practiquen la contemplación y descubran qué sienten cuando admiran una obra de arte. Terminada la visita, quisimos almorzar en un restaurant al aire libre al lado del Museo de las Artes Decorativas pero no había lugar. En el cielo no había una sola nube y la temperatura era ideal por lo que improvisamos un pic-nic en los Jardines de la Tullerías. Compramos unos sándwich de baguettes, nos sacamos los zapatos y disfrutamos de nuestro menú con los pies en el pasto.

 

 

En la tercera jornada nos esperaba la cita con el ícono más famoso de París. Habíamos sido prevenidos acerca de los estrictos controles de ingreso y hasta un posible “maltrato” por parte del personal de seguridad. Nada más alejado de la realidad que nos tocó vivir, Nello que decidió ir disfrazado de Transformer (más precisamente de Bumblebee) recibió la venia de todos los soldados que estaban custodiando el lugar con largas armas. El ingreso fue fluido y todos muy amables nos dieron la información necesaria para nuestro recorrido. Almorzamos en el 58 Tour Eiffel restaurant ubicado en el primer nivel y con una vista privilegiada a los Jardines de Trocadero. Después de la comilona, subimos a los niveles restantes coronando la visita en el Champagne Bar para un brindis con la ciudad a nuestros pies.

 

 

Algunos de los sitios más turísticos nos quedaron pendientes, el Sacre Coeur por ejemplo, pero tomamos la decisión de caminar la ciudad sin prisas, sin hacer un check list de lo que “había que ver” y simplemente dejarnos llevar por lo que teníamos o no ganas de hacer. EL último día de viaje, después de 2 semanas de caminata intensa, premiamos a los hermanitos con una visita a Eurodisney donde comimos en el restaurant del Chef Remy, réplica del que se ve en la última escena de Ratatouille.

 

Para mi este lugar ya no lo definen sus monumentos sino los momentos que compartimos en familia, como el helado que tomamos en Berthillon de la Ile Saint Louis recomendación de mi profesora parisina de francés Claire, las miles de vueltas en carrousell frente a la torre Eiffel y en el Jardín de las Tullerías, las caminatas por Saint Germain de Pres, donde probamos una de las mejores hamburguesas en el Café Louise, Fran descubriendo el sabor de los caracoles de mar los cuales devoró y siguió pidiendo todos los días que restaron del viaje y Nello desde su cochecito cantando a viva voz “Ohhh Champs Elyseeeees” mientras paseábamos por la mítica avenida en busca de los macarons de Ladureé. El mejor souvenir: el suspiro de Franchu cada vez que recuerda o nombra París.

 

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